miércoles, 24 de agosto de 2011

cultura muisca


Entre los muiscas existía una clara diferenciación de clases; en la cima se encontraba el Zipa, señor de Bogotá y descendiente de la luna y el Zaque, señor de Tunja, descendiente del sol. Después de la nobleza que ocupaba cargos en el gobierno, estaban los sacerdotes o jeques encargados de la comunicación con los dioses; seguían los guerreros, defensores del territorio; después estaba el pueblo tributante, quienes hacían el trabajo agrícola, minero y artesanal; y finalmente estaban los esclavos, generalmente prisioneros de guerra, que servían a veces de víctimas en los sacrificios religiosos.
Para los muiscas, la luz y el agua representaban el principio de la vida. Las lagunas eran santuarios naturales en donde rendían culto a los dioses y les ofrecían rogativas. Rojas plantea que la mitificación del agua se puede deber a que dado que los muiscas eran un pueblo esencialmente agrícola, su sustento dependía de la lluvia y el riego. Esto explicaría su culto al sol y a la luna. Cuando faltaba la lluvia, ofrecían sacrificios a Xué (o Zué) para apaciguar su ira. Chía, la luna, guiaba las siembras con sus fases.
A diferencia de otros grupos precolombinos, entre los muiscas, los hombres y las mujeres encarnaban las fuerzas supremas y solo ocasionalmente intervenía un animal: las culebras representaban la muerte, los pájaros eran portadores de luz y las ranas eran estimadas por su relación con el agua.
En el territorio del norte, en donde regía el Zaque, se creía que los primeros hombres fueron hechos de barro (a semejanza de la mitología judaica) y las mujeres, de hierbas.
Su religión era politeísta y contaban con dioses protectores que estaban en la mayor parte de los actos de su vida. Dentro de su mitología figuran personajes masculinos que representaban la fuerza, el poder y la sabiduría y personajes femeninos que representaban la fertilidad y la continuidad de la vida, pero también la lascivia y tentación: Chía, deidad femenina, era llamada Huitaca por su inclinación a la vida disipada; fue ella quien les enseñó las costumbres insanas.
Algunos dioses eran etéreos mientras que otros tenían figura de hombres; solo uno, Mencatacoa (o Fo), el dios de la chicha, de los pintores, de los constructores y de los tejedores, se representaba con figura de oso o zorro. Entre sus dioses estaban:
- Bachué, la diosa de los muiscas y de las legumbres
- Cuchaviva (o Suchaviva), el arco iris, protegía a las mujeres durante el parto y era el protector de la salud.
- Chiminichagua era el ser supremo y la fuerza creadora.
Tenían templos en donde veneraban a sus dioses, representados en figuras de cera, oro, cerámica o hilo. El templo más conocido por sus dimensiones fue el de Sogamoso, el cual dicen estaba íntegramente alfombrado en fino esparto. Fue incendiado durante una de las incursiones de saqueo de los españoles.
Las ofrendas se depositaban en figuras huecas de cerámica y eran los sacerdotes o jeques los que realizaban los ofrecimientos después de elaboradas ceremonias.
El jeque además de sacerdote, era curandero, labor que realizan con diversas yerbas acompañadas de invocaciones a sus dioses. Su cargo era heredado por los sobrinos, hijos de la hermana. El aspirante al cargo era sometido desde niño a drásticos ayunos y penitencias; le enseñaban la mitología y los ritos y prácticas para realizar las curaciones. Parece que llegaron a practicar complicadas cirugías en el cerebro, con resultados positivos.
Realizaron sacrificios esporádicos como el de los Moxas (Mojas), adolescentes ofrecidos al sol para aplicar su ira, durante las sequías. También tenían costumbre de inmolar niñas en los postes de las construcciones de jeques y caciques.
La organización social muisca se basaba en clanes, en donde estaba prohibido el matrimonio debido a la cercanía de parentesco.
Eran polígamos: la primera mujer era la principal y podía reprender a su marido. Las demás tenían categoría de concubinas.
Los hombres tenían derechos casi ilimitados sobre sus mujeres: podían darlas como obsequio, las enterraban vivas para acompañarlo durante la muerte y eran una de las principales fuentes de trabajo. En la mujer, la infidelidad era castigada con la muerte y en el hombre con una sanción más o menos leve, a menos que el ofendido fuera un personaje principal, en cuyo caso ambos culpables eran ajusticiados.
El matrimonio era un trueque que se realizaba entre el novio y los padres de la joven; se la cambiaba por mantas, cargas de coca y chicha o por venados. Las vírgenes eran rechazadas por el esposo, lo que implica que era permitida y necesaria la libertad sexual entre los jóvenes.
Era importante para los muiscas el paso de la niñez a la pubertad: las niñas eran recluidas en una casa especial y luego culminaban la ceremonia con un baño del río; los hombres celebraban una gran fiesta con chicha.
La música acompañaba todos los sucesos de sus vidas, incluso la guerra.
Para los muiscas, el rojo era señal de luto y muerte, de ahí que las vasijas funerarias estuvieran pintadas de este color.
La sal y las esmeraldas ocuparon el primer renglón en la minería muisca.
La explotación de las esmeraldas la realizaban solo en época de lluvias, explotando las minas de Somondoco, ya que las de Muzo, estaban ocupadas por tribus belicosas. Para los muiscas, las esmeraldas tenían un significado mítico: Según la leyenda, el primer zaque, Goranchacha, salió de una esmeralda que gestó y alumbró una joven de Guachetá por intermedio de un rayo de sol. Las esmeraldas eran colocadas en los ojos, la boca, las orejas y el ombligo de los personajes importantes cuando morían.
Para la explotación de sal hacían largas y angostas galerías y luego extraían los terrores con palos puntiagudos (coas). Para refinarla, utilizaban como técnica, la evaporación.
Los españoles fueron recibidos con miedo por los indígenas, quienes pensaron que eran enviados del sol y la luna para castigarlos por sus pecados.
Del mismo modo, muchas de las innovaciones de los españoles fueron aceptadas. La lana de oveja sustituyó casi totalmente al algodón. La ganadería vacuna, caballar, porcina y las aves de corral tuvieron igual aceptación. Los bueyes y la yunta española aligeraron las labores agrícolas, para las cuales solo se contaba con la fuerza del hombre y el palo plantador o coa.



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